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poesias

os dejo unas poesías mientras busco cosas para ir incrementado   los artículos y demás cosas que  hiere poniendo poco a poco gracias amigos

para los amantes de la poesías y romances  y sonetos  incluyo en este  blog algunas 

espero que se de vuestro agrado s

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  ROMANCE DE DOÑA ALDA

En París está doña Alda,   la esposa de don Roldán,
trescientas damas con ella   para la acompañar:
todas visten un vestido,   todas calzan un calzar,
todas comen a una mesa,   todas comían de un pan,
si no era doña Alda,   que era la mayoral;
las ciento hilaban oro,   las ciento tejen cendal,
las ciento tañen instrumentos   para doña Alda holgar.
Al son de los instrumentos   doña Alda dormido se ha;
ensoñado había un sueño,   un sueño de gran pesar.
Recordó despavorida   y con un pavor muy grande;
los gritos daba tan grandes   que se oían en la ciudad.
Allí hablaron sus doncellas,   bien oiréis lo que dirán:
—¿Qué es aquesto, mi señora?   ¿quién es el que os hizo mal?
—Un sueño soñé, doncellas,   que me ha dado gran pesar:
que me veía en un monte   en un desierto lugar:
do so los montes muy altos   un azor vide volar,
tras dél viene una aguililla   que lo ahínca muy mal.
El azor, con grande cuita,   metióse so mi brial,
el aguililla, con gran ira,   de allí lo iba a sacar;
con las uñas lo despluma,   con el pico lo deshace.
Allí habló su camarera,   bien oiréis lo que dirá:
—Aquese sueño, señora,   bien os lo entiendo soltar:
el azor es vuestro esposo   que viene de allén la mar,
el águila sedes vos,   con la cual ha de casar,
y aquel monte es la iglesia,   donde os han de velar.
—Si así es, mi camarera,   bien te lo entiendo pagar.
Otro día de mañana   cartas de fuera le traen:
tintas venían por dentro,   de fuera escritas con sangre,
que su Roldán era muerto   en caza de Roncesvalles.

                                       anónimo

 

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ROMANCE DE LA LOBA PARDA

Estando yo en la mi choza   pintando la mi cayada,
las cabrillas altas iban   y la luna rebajada;
mal barruntan las ovejas,   no paran en la majada.
Vide venir siete lobos   por una oscura cañada.
Venían echando suertes   cuál entrará a la majada;
le tocó a una loba vieja,   patituerta, cana y parda,
que tenía los colmillos   como punta de navaja.
Dio tres vueltas al redil   y no pudo sacar nada;
a la otra  vuelta que dio,   sacó la borrega blanca,
hija de la oveja churra,   nieta de la orejisana,
la que tenían mis amos   para el domingo de Pascua.
—¡Aquí, mis siete cachorros,   aquí, perra trujillana,
aquí, perro el de los hierros,   a correr la loba parda!
Si me cobráis la borrega,   cenaréis leche y hogaza;
y si no me la cobráis,   cenaréis de mi cayada.
Los perros tras de la loba   las uñas se esmigajaban;
siete leguas la corrieron   por unas sierras muy agrias.
Al subir un cotarrito   la loba ya va cansada:
—Tomad, perros, la borrega,   sana y buena como estaba.
—No queremos la borrega,   de tu boca alobadada,
que queremos tu pelleja   pa' el pastor una zamarra;
el rabo para correas,   para atacarse las bragas;
de la cabeza un zurrón,   para meter las cucharas;
las tripas para vihuelas   para que bailen las damas.

Anónimo

                                  anónimo

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SONETO A CRISTO CRUCIFICADO

No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.

 

                           Anónimo: Atribuido a Santa Teresa

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ROMANCE I DICE CÓMO EL CID VENGÓ A SU PADRE

Pensativo estaba el Cid   viéndose de pocos años
para vengar a su padre   matando al conde Lozano;
miraba el bando temido   del poderoso contrario
que tenía en las montañas   mil amigos asturianos;
miraba cómo en la corte   de ese buen rey Don Fernando
era su voto el primero,   y en guerra el mejor su brazo;
todo le parece poco   para vengar este agravio,
el primero que se ha hecho   a la sangre de Lain Calvo;
no cura de su niñez,   que en el alma del hidalgo
el valor para crecer   no tiene cuenta a los años.
Descolgó una espada vieja   de Mudarra el castellano,
que estaba toda mohosa,   por la muerte de su amo.
«Haz cuenta, valiente espada,   que es de Mudarra mi brazo
y que con su brazo riñes   porque suyo es el agravio.
Bien puede ser que te corras   de verte así en la mi mano,
mas no te podrás correr   de volver atrás un paso.
Tan fuerte como tu acero   me verás en campo armado;
tan bueno como el primero,   segundo dueño has cobrado;
y cuando alguno te venza,   del torpe hecho enojado,
hasta la cruz en mi pecho   te esconderé muy airado.
Vamos al campo, que es hora   de dar al conde Lozano
el castigo que merece   tan infame lengua y mano».
Determinado va el Cid,   y va tan determinado,
que en espacio de una hora   mató al conde y fue vengado.

                                              anónimo

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PÉRDIDA DE ANTEQUERA

De Antequera salió el moro
Tres horas antes del día,
Con cartas en la sus manos
En que socorro pedía.

Por los campos de Archidona
A grandes voces decía:
—¡Oh buen rey, si tú supieses
Mi triste mensajería!

El rey, que venir lo vido,
A recebirlo salía
Con tres cientos de a caballo,
La flor de la morería.

                           Anónimo
                           Versión y música de Miguel de Fuenllana

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ROMANCE DE LA PÉRDIDA DE ALHAMA

   Paseábase el rey moro — por la ciudad de Granada
desde la puerta de Elvira — hasta la de Vivarrambla.
              —¡Ay de mi Alhama!—

Cartas le fueron venidas — que Alhama era ganada.
Las cartas echó en el fuego — y al mensajero matara,
              —¡Ay de mi Alhama!—

Descabalga de una mula, — y en un caballo cabalga;
por el Zacatín arriba — subido se había al Alhambra.
              —¡Ay de mi Alhama!—

Como en el Alhambra estuvo, — al mismo punto mandaba
que se toquen sus trompetas, — sus añafiles de plata.
              —¡Ay de mi Alhama!—

Y que las cajas de guerra — apriesa toquen el arma,
porque lo oigan sus moros, — los de la vega y Granada.
              —¡Ay de mi Alhama!—

Los moros que el son oyeron — que al sangriento Marte llama,
uno a uno y dos a dos — juntado se ha gran batalla.
              —¡Ay de mi Alhama!—

Allí fabló un moro viejo, — de esta manera fablara:
—¿Para qué nos llamas, rey, — para qué es esta llamada?
              —¡Ay de mi Alhama!—

—Habéis de saber, amigos, — una nueva desdichada:
que cristianos de braveza — ya nos han ganado Alhama.
              —¡Ay de mi Alhama!—

Allí fabló un alfaquí — de barba crecida y cana:
—Bien se te emplea, buen rey, — buen rey, bien se te empleara.
              —¡Ay de mi Alhama!—

Mataste los Bencerrajes, — que eran la flor de Granada,
cogiste los tornadizos — de Córdoba la nombrada.
              —¡Ay de mi Alhama!—

Por eso mereces, rey, — una pena muy doblada:
que te pierdas tú y el reino, — y aquí se pierda Granada.
              —¡Ay de mi Alhama!—

 

                                               anónimo



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